De pronto, surgió en Inglaterra una fiebre punk que se reflejó en la música, en la moda y en la sociedad: ser punk —o parecerlo— se volvió cool, y surgieron muchas bandas que seguían los pasos de The Ramones, y cuyas presentaciones en vivo eran como si se destapara una cloaca: su música era simple —a veces sólo gritaban un estribillo lo más ruidosa y rápidamente posible—, odiaban todo y a todos, sin ira ni depresión, sólo con una aversión absoluta; les gustaba provocar y pelear, y no desaprovechaban cada oportunidad que tenían de hacerlo.
El manager inglés Malcolm McLaren fue quien moldeó el punk en la Gran Bretaña cuando lanzó a la paradigmática banda The Sex Pistols—que era como The Ramones, pero en heroína y Valium— y lo volvió un asunto de moda, provocativa y llena de estoperoles, a través de su boutique londinense.