Estas circunstancias dieron pie a una «depresión generacional» entre los jóvenes, que se caracterizaba por la violencia, la aburrición y el nihilismo.2
La ciudad de Nueva York era la meca de esta «nueva ola» de músicos, muchos de los cuales fueron llamados punks —que quiere decir «novicio, joven sin experiencia; rufiancillo»— y conformaron un fenómeno que se propagó por toda la Unión Americana como antes lo había hecho el love and peace de los hippies, sólo que el punk era prácticamente lo opuesto.
Los punks eran perros callejeros, no pacifistas; su lenguaje era vulgar, no suave; buscaban la emoción y no el éxtasis o la trascendencia de la conciencia; no creían en las marchas, los movimientos o la organización, ya que su propia vida como punks era su modo de protesta.