El 4 de julio de 1976, millones de estadounidenses celebraban con bombos y platillos el bicentenario de su independencia. Al mismo tiempo, cuatro neoyorquinos montaban su propia fiesta en el London’s Roadhouse, aporreando otros bombos y otros platillos al ritmo de canciones cortas, directas e incendiarias. La banda se llamaba The Ramones, y su influencia en la contracultura y la música habría de inyectar sangre nueva y vigorosa a la escena del rock del ultimo cuarto del siglo XX.
A mediados de la década de los 70, la industria del disco era revitalizada por el surgimiento de sellos independientes que trajeron a escena nuevos géneros musicales. Para 1976, la manera en que se producía, tocaba y escuchaba música, había cambiado: las viejas estrellas del rock se habían desvanecido, y otras nuevas señalaban nuevos caminos y tendencias.

Algo similar había sucedido en 1966, cuando el rock que conocemos nació debido a las revolucionarias grabaciones de Bob Dylan, Frank Zappa, The Doors, Pink Floyd y The Velvet Underground. Pero una década más tarde, la explosión creativa —aunque muy similar a la de los años 60— tenía un cariz muy distinto: los sesenta fueron una década francamente optimista, en la que los jóvenes creían que podían cambiar el mundo; diez años después, sólo los muy ingenuos podían creer en el triunfo de la paz y el amor, y los jóvenes habían dejado de creer en las autoridades, en la sociedad y en el mundo.